El pasado 10 de marzo, los ministros de Defensa de los 12 países miembros de la Unión de las Naciones Suramericanas, reunidos en Santiago de Chile, dieron vida al Concejo de Defensa Suramericano, con el objetivo principal de consolidar a Suramérica como una zona de paz, base para la estabilidad democrática y el desarrollo integral de los pueblos, y como contribución a la paz mundial.
Este organismo surgió a raíz de la propuesta que el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, hizo en una reunión en mayo del año pasado para evitar que se repitieran situaciones como la incursión militar colombiana contra un campamento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) en suelo ecuatoriano, y que causaron la muerte del jefe guerrillero Raúl Reyes.
Pero, ¿cómo puede haber unidad en América Latina, cuando hay posiciones encontradas sobre el traspaso de fronteras con fines antiterroristas? Las diferencias se notaron una vez más, cuando Uruguay pidió retirar, en la declaración final, un artículo que establece “el respeto irrestricto a la soberanía, y la inviolabilidad territorial de los estados”. Esta vez no fueron delegados de los presidentes Hugo Chávez y Rafael Correa.
Sin embargo, la petición coincide con los reclamos venezolanos y ecuatorianos ante la tesis de la legítima defensa que lanzó el ministro de Defensa de Colombia, Juan Manuel Santos.
En reacción a la posición de Uruguay, el ministro Santos pidió que se reiterará también en la declaración un artículo que rechaza “la presencia o acción de grupos armados al margen de la ley, que ejerzan o propicien la violencia cualquiera sea su origen”.
Dentro de estas circunstancias y viendo el panorama, considero que es muy difícil que el Concejo de Defensa Suramericano mantenga una cohesión y pueda emprender acciones conjuntas cuando se tienen malas relaciones diplomáticas entre dos, tres o cuatro miembros de dicho Concejo.
Ninguno de los países en conflicto: Venezuela, Colombia y Ecuador han afrontado con responsabilidad la situación y con declaraciones diplomáticas por un lado y groseras y sin sentido por el otro, se echan la responsabilidad y no contemplan la posibilidad de sentarse a dialogar para buscar soluciones reales al conflicto.
Así pues, con esta situación se evidencia que en América Latina se están polarizando las opiniones y en torno a ellas se están formando dos bloques. Por un lado están los que defienden el respeto a la soberanía y la inviolabilidad territorial de los estados; por el otro, y entre ellos Colombia, los que rechazan la presencia o acción de grupos armados al margen de la ley, que ejerzan o propicien la violencia cualquiera sea su origen.
Con este panorama ¿qué podemos esperar del Concejo de Defensa Suramericana?
jueves, 19 de marzo de 2009
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